El alumbrado público, junto con otras medidas dirigidas a mejorar la salubridad y la seguridad en pueblos y ciudades, supone un avance en la historia del urbanismo que cambiará hábitos, desde los sociales hasta los productivos, convirtiéndose en un servicio urbano esencial del que ya no se podrá prescindir, a pesar de que costara llevar a cabo su implantación.

Hasta el momento del establecimiento del alumbrado público, la iluminación de las calles sólo se realizaba en algunos edificios acomodados, templos, altares urbanos, u otros lugares públicos, todos ellos con carácter independiente o, cuando había algún acontecimiento especial, pero no era un servicio colectivo accesible al común de la población.

Ahora nos cuesta imaginar que la actividad en la calle se acabara a las 10 de la noche en invierno y a las 11 en verano, pero las actas municipales de marzo de 1803 así lo recogen cuando se prohíbe que la gente salga a partir de esa hora y quedarse parado en las esquinas. En este mismo cabildo se argumenta que la oscuridad de la noche, la estrechez de muchas calles y los recodos de otras, favorecían los robos y el uso de armas de fuego en peleas, por lo tanto, se acuerda crear la Policía de alumbrado, como ya existía en Valencia y Alicante, y es que los primeros intentos de establecer el alumbrado se justificaron mayoritariamente por motivos de seguridad.

No será hasta 1834 cuando se planteó realizar un estudio para definir cuántos faroles hacían falta, qué distancia se debía guardar entre uno y otro, y dónde debían colocarse. El resultado de este estudio establecía que se necesitaban 240 para la villa y las principales calles del arrabal de Santa Teresa. Estos faroles utilizaban como materia prima el aceite y se encendían desde las 7 de la tarde a las 11 de la noche. Ahora bien, la obligación de poner estas luces recaía en los vecinos beneficiados directamente por la iluminación y, por ese motivo, no fue una implantación inmediata ya que podemos comprobar en la documentación que se establecieron multas para aquellos que no cumplieron la orden.

Cuatro años más tarde encontramos la noticia de la instalación del primer farol de reverbero. El alcalde, José Bru y Piqueres, en cabildo de 18 de mayo de 1838, manifestó haber comprado a su costa un farol de reverbero, colocándolo en la esquina de la Plaza de la Constitución y el inicio de la calle de San Roque (hoy Plaça de Baix y Corredera), invitando a que su acción cundiera ejemplo entre más vecinos. Los faroles de reverbero utilizaban asimismo el aceite, pero el sistema acoplaba al farol unos reflectores de latón que actuaban como un espejo, ampliando el radio de acción, tanto del alcance como de la intensidad de la luz, de manera notoria. Unos meses más tarde, apelando de nuevo a la seguridad y a la comodidad de tránsito que podía proporcionar, se colocaron 10 faroles de reverbero en las principales calles: desde la Puerta de Orihuela, pasando por la Plaza Mayor, Corredera, calle Ancha, hasta el paseo de la Merced.

Parece que ese alcance en la iluminación, apreciado de manera manifiesta por los habitantes de Elche, es lo que nos ha querido decir el dibujo de Pedro Ibarra de quien es manuscrita la carpetilla de la portada de este documento del mes de septiembre: el contrato de arrendamiento del servicio de alumbrado mediante farolas de reverbero.

El empresario del alumbrado disfrutaba del contrato por un año. Estaba obligado a mantener encendidas con aceite claro las torcidas o mechas de algodón de todos los faroles existentes y los que pudieran poner a lo largo del tiempo que durara el contrato. Se obligaba a doce encendidas de dieciocho noches cada una. El horario era desde las primeras oraciones a las 12 de la noche, excepto cuando alumbraba la luna. Hay que tener en cuenta que las noches de luna llena, y las más cercanas a ella, no se encendía el alumbrado.

Por estos capítulos sabemos también que los faroles estaban pintados de verde ya que a principios de agosto el empresario debía renovarles el color con exactitud a todos ellos. Cuidaría también de roturas por el manejo o limpieza. Por cuenta del Ayuntamiento se pagaría aquellos faroles que se rompieran «por mano airada».

El contratista avisaría al Ayuntamiento en qué noche comenzaría la encendida y en cuál cesaba, así hasta cumplir con las dieciocho noches que estaban previstas en los capítulos. Y no sólo debía cumplir con las obligaciones del mantenimiento del alumbrado en las condiciones establecidas, sino además, no tener deudas con la Hacienda nacional y fondos públicos.

Para poder cubrir el déficit de los gastos del alumbrado público se cargaron nuevos impuestos sobre consumo, aunque posteriormente fueron prohibidos por la Diputación Provincial.

Comienza así la historia escrita de un servicio hoy en día imprescindible.

 

Archivo Histórico Municipal de Elche